¿DÓNDE ME MIRASTE?...
La sociedad sacralizada también hacia cotidianos los gestos de convivencia entre Dios y los hombres. Juan Agapito Revilla recogía una tradición, que según él era “vulgar”, es decir reconocida y muy citada entre los vallisoletanos del siglo XVII.
Había concluido Gregorio Fernández de trabajar en el “Cristo Atado a la Columna”, figura central del paso de la Flagelación que le había encargado la cofradía de la Vera Cruz de Valladolid en 1619: “horas y horas enteras pasa en idéntica postura ante su obra, sin mover para nada el cuerpo; se duda en contestar si Fernández ó el Cristo es la estatua […] una voz dulce se oye en el recinto y pregunta a Fernández: “¿dónde me miraste que tan bien me retrataste?” El escultor, con espontaneidad, sin impresionarse por tamaño prodigio, consultando su fe y su conciencia le contestó con humidad: “Señor, en mi corazón”.

A pesar de las muchas vidas que tenía que haber vivido el maestro gallego para haber tallado cada poro de madera que se atribuye a su intervención directa –ignorando cómo funcionaba un taller de un escultor tan reputado-, este “Cristo Atado a la Columna” es de esas tallas que pueden ser atribuidas en su integridad a Gregorio Fernández. Ya sus discípulos se disponían a realizar los sayones y soldados que iban a azotarle en este paso de la Flagelación. Sin embargo, tan magnífica obra de arte, tan destacado recurso de devoción, torrente tan magnífico de espiritualidad, todavía no es suficientemente aprovechado, abarcado por los vallisoletanos, no solo para los días de Semana Santa, sino durante todo el año. Si contase con su propio templo dedicado a su devoción habría de ser muy visitado de forma continuada, sin duda que las devociones están sometidas a las tradiciones, a las modas y la efectividad de su prestigio. No obstante se podría decir parafraseando a Zaqueo, aquel que subió al árbol para contemplar a Jesús que-“Una mirada tuya me bastará para sanarme”.

Por eso en la procesión del Martes Santo, en la noche, es necesario sentirse muy cerca de su espalda, no solamente padecer con Él -en el sentido antiguo y barroco de la Pasión- sino mas bien de buscar en lo profundo de nuestra alma. Palabras pocas, silencios muchos, miradas en abundancia, goze estético y contemplación, que siempre esta ha sido una forma inteligente de encontrarse con Dios. La Semana Santa de Valladolid ya valdría la pena si solamente contase con la Imagen de Nuestro Padre Jesús Atado a la Columna. Gregorio Fernández sería digno de atención si únicamente hubiese tallado esta obra. El maestro estuvo allí, y se olvidó dentro de la talla de su alma. Él no le dio un martillazo y le increpó de forma tajante “Habla”. La tradición nos dice que sintió un dialogo con Dios, con el Dios para el cual Gregorio Fernández trabajaba.
Javier Burrieza Sanchéz
Doctor en Historia por la Universidad de Valladolid.
